martes, 25 de marzo de 2025

 

¡SON LOS SERES HUMANOS ASESINOS POR INSTINTO!

¿Hay, como algunos etólogos han afirmado, un instinto humano asesino? ¿Tenemos los seres humanos una tendencia innata y no aprendida para matar a otros seres humanos? ¿Cómo es, o fue, adaptativo esto en la vida de la especie humana? Algunos escritores han observado tendencias "naturales" en los seres humanos que incluyen la adquisición y protección de la propiedad: instinto de agresión territorial. Llevada a sus últimos términos, la consecuencia ha sido que los seres humanos matan instintivamente a los de su propia especie. Sin embargo, el enorme desarrollo de la corteza cerebral humana y la capacidad para aprender y razonar nos han liberado de una conducta basada en respuestas simples, ligadas a estímulos. Sólo entre los seres humanos, el aprendizaje puede transmitirse mediante la cultura, superando en gran medida la contribución genética a la conducta. Frente al aprendiza-je, al raciocinio consciente y a nuestra herencia cultural, ¿se verían obligados los seres humanos a responder a un instinto asesino si ciertamente existiera? Si una superación consciente de los instintos es posible en los seres huma-nos, ¿cómo vamos a determinar si ahora poseemos, o ciertamente alguna vez poseíamos, semejante instinto asesino?



Una forma de comprender y rastrear el desarrollo de la conducta humana es comparándonos con nuestros parientes más cercanos, los primates. Investigaciones realizadas en monos aislados desde su nacimiento, sin ninguna oportunidad de aprender de otros monos, muestran que la agresión parece ser innata. (Sin embargo, esto no es lo mismo que un instinto asesino). Durante el periodo en que la conducta agresiva ordinariamente se desarrollaría, los monos mostraron tendencias agresivas, pero puesto que no había objetos a los cuales dirigir la agresión, los monos redirigieron sus tendencias agresivas contra sí mismos, mordiéndose y aun cegándose en algún caso. Las mismas secuencias de maduración o afección, temor y agresión observadas en los primates ocurren en los seres humanos: las tendencias agresivas aparecen en los primeros cuatro o cinco años de vida.

Sin embargo, estudios sobre primates en estado salvaje, revelan que estos animales no tienden a ser beligerantes, a menos que sean provocados, y no matan a ningún ser de su propia especie. Aunque tienen agudos dientes caninos y usan herramientas, no las utilizan para desgarrar la carne de sus compañeros primates, puesto que son fundamentalmente vegetarianos. Por extrapolación, esto sugiere que los seres humanos, al igual que los primates, no tienen una historia evolutiva basada en el asesinato. Aun las pruebas de que un primitivo ancestro humano, el Australopitecos africanus era un depredador carnívoro, no justifican el punto de vista generalizado de que "con su gran cerebro y sus hachas de piedra, el hombre aniquilara a un predecesor que luchaba sólo con huesos. Toda la historia humana desde esa fecha gira en torno del desarrollo de armas superiores por necesidad genética Para algunos escritores, los seres humanos como fabricantes de herramientas son equivalentes a los seres humanos como usuarios de armas. ¿Está justificada semejante conclusión? Las herramientas pueden utilizarse como armas, pero la mayoría concuerda en que el uso primario de martillos, raspadores, hachas y navajas era y es como herramientas más que como armas, y que es heredado y aprendido culturalmente más que como una conducta transmitida por los genes.

Obviamente, la conducta agresiva es adaptativa. Sin algunas tendencias agresivas, los organismos quedarían a merced del depredador más cercano, y los carnívoros nunca cazarían en busca de alimento; pero ésta es una agresión interespecífica (entre miembros de diferentes especies). La agresión intraespecifica (entre miembros de la misma especie) participa en el establecimiento del orden social, del apareamiento, de la territorialidad y de otras relaciones; pero en casi todos los animales hay inhibiciones congénitas contra el llevar la conducta agresiva hasta el punto de matar a los de su propia clase. (Gestos de apaciguamiento: véase la página 401.) Es difícil ver la ventaja adaptativa de un instinto asesino que permitiera a una especie victimarse a sí misma. Es más probable que los animales posean bloques genéticos contra el redirigir la agresión interespecífica a su propia especie.

Si la agresión es innata en los seres humanos, como parece serlo en algunos primates, plantea cuestiones interesantes. ¿Cuáles son, por ejemplo, los estímulos que liberan los instintos humanos agresivos? ¿Cuáles son los mecanismos conductuales que ordinariamente los apagan? ¿Se está aprendiendo la agresión, se está refinando el instinto que tenemos de ella o solamente se está liberando al observar escenas violentas por TV? Hemos visto en las gaviotas plateadas y en los niños que sus pautas instintivas de conducta pueden refinarse mediante la repetición, la práctica y el aprendizaje. Cualquier sistema que admita que la agresión no es adaptativa en la sociedad humana actual, y que quizá trate de controlarla, debe considerar estas posibilidades.


La teoría de un instinto asesino en los seres humanos no es nueva, sólo es el pecado original revisado. Si la guerra se encuentra ciertamente en nuestros genes, un resultado de los instintos que no puede negarse, entonces ces quizá poco podemos hacer para evitarla si se dan los liberadores apropiados. Un efecto colateral poco afortunado de esta teoría es que nos quita toda responsabilidad a propósito de la guerra, el crimen y cosas semejantes Ese punto de vista pesimista y engañoso de la conducta humana poco ayuda a las investigaciones acerca de las causas de la agresión humana, que probablemente son complejas y principalmente resultado de la conducta aprendida.

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